El PSOE pierde los nervios y los votos, pero Rubalcaba ni se plantea dimitir
"Está claro que el del PP que no es un faltón, es que no es del PP". Hace unas horas me topé en Twitter con esta ofensiva frase. No la ha escrito un simple ciudadano mas o menos enfadado con el gobierno, no. La ha escrito nada menos que el líder del PSOE en el ayuntamiento de Valladolid, Óscar Puente (@oscar_puente_), último candidato de ese partido a la alcaldía de la capital de Castilla y León. Quizás eso explique porqué en los pasados comicios municipales los socialistas obtuvieron allí el peor resultado de su historia, tanto en número de votos como en número de concejales.
El nerviosismo que trasluce el insulto de este señor a los votantes/simpatizantes/afiliados del PP es una perfecta metáfora de la situación que atraviesa el Partido Socialista en estos momentos. Una formación a la deriva, un enfermo que quedó en estado de máxima gravedad tras las últimas elecciones generales y que, ahora, tras los descalabros de Galicia y el País Vasco, ha entrado en coma. Y eso es muy malo para España, que en momentos críticos como los que vivimos necesita una oposición fuerte que sepa apretar al Gobierno si es preciso y, sobre todo, tenderle la mano en el momento que sea necesario, cuando, por ejemplo, haya que defender la unidad de España ante el acoso de los nacionalistas, o cuando se necesite mostrar fortaleza y unidad ante el ataque de los mercados. Pero, en lugar de eso, nos encontramos con un partido cuyo secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba, bastante tiene, el pobre, con vigilar su espalda, con mirar por el retrovisor no sea que alguien de los suyos se le acerque, navaja en mano, a reclamar su sillón.
El PSOE, ante ese desgobierno, se ha convertido en una jaula de grillos, en la que cada cuál dice lo que le parece, sin que sus palabras respondan a un guión de proyecto nacional. Lo mismo sale este Óscar Puente desde Valladolid a insultar a los votantes del PP, que desde Bruselas llega una eurodiputada del PSC, María Badía, a alertar a la UE de un "posible uso por parte de España de la violencia militar contra el pueblo catalán". ¡Toma ya! Y esto ocurre solo unos días después de que el líder del Partido Socialista en Madrid, Tomás Gómez, llamase ladrones a los abuelos de los diputados autonómicos del PP. Los socialistas han pagado en las urnas todo esto, que no es más que una grave falta de identidad y de proyecto. Los ciudadanos ya no sabemos si el PSOE es el que pacta con el PP para reformar la Constitución o el que redacta en Cataluña, Montilla mediante, un Estatuto inconstitucional que fue maquillado por el Congreso, primero, y por el Tribunal Constitucional, después. Los votantes ignoramos si el PSOE quiere buscar pactos de Estado con el gobierno o "levantar un muro enorme" delante del él, como dijo hace poco el propio Rubalcaba. Y los españoles desconocemos si el PSOE quiere un proyecto federal para España, o bien defiende el Estado de las Autonomías, o por el contrario coquetea con la autodeterminación, como hacen en Cataluña y el País Vasco. Y así ocurre con casi todo.
Rubalcaba tiene la ardua tarea de intentar poner orden dentro de su barco, pero sus dos manos no dan abasto para tapar las múltiples vías de agua que se van abriendo en el casco cada día, las últimas tras encallar en Galicia y el País Vasco. Este miércoles ha salido de la cueva. Tres días ha tardado en dar la cara, para decir que no dimite, que va a continuar "hasta el final", entre otras cosas porque, según cuenta, nadie le ha hablado de dimisión "ni en el despacho, ni por teléfono, ni siquiera por un tuit". Bonita frase, pero falsa. La misma noche del funesto domingo electoral la ex ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, escribió un tuit conciso y contundente: "Esperando que Rubalcaba anuncie su dimisión". Otros, como Odón Elorza y Juan Fernando López Aguilar, si bien no han sido tan explícitos, tampoco han ahorrado en críticas.
Pero más allá de eso, cabe preguntarse si Rubalcaba debería dimitir. A bote pronto podría parecer lo lógico. Hay razones de sobra: el PSOE no levanta cabeza, sufre un descalabro electoral tras otro, algunos de sus compañeros de partido le cuestionan. Sin embargo, bien pensado, la idea puede resultar aterradora. Y no porque Rubalcaba se baje del tren, sino porque los maquinistas que se barajan para sustituirle a los mandos dan miedo. Los Tomás Gómez, Carme Chacón, Patxi López, etc, encarnan a la perfección ese refrán tan manido de que "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer". Es cierto que siempre podría surgir algún tapado, alguien inesperado que tome las riendas del partido por sorpresa. Pero la experiencia reciente nos dice que esos experimentos pueden acabar en otro ZP, pueden terminar aupando a otra Leire Pajín a una cartera ministerial o a un Óscar Puente a competir por la alcaldía de Valladolid. Y que quieren que les diga, para eso nos quedamos con Rubalcaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario