Leo que los independentistas catalanes quieren convertir el Barça-Real Madrid del próximo fin de semana en una nueva muestra de fuerza a favor de la secesión, con una sobredosis de esteladas y las proclamas anti españolas de siempre.
A mí, que me declaro futbolero, la simple idea de que se mezcle el deporte con la política me produce algo muy similar a la náusea, y que el F. C. Barcelona participe en esta patraña me merece el más absoluto desprecio hacia ese club. Reconozco sus méritos deportivos, admito que en los últimos años ha practicado, y aún lo hace a ratos, un fútbol exquisito. Sus números y sus títulos están ahí. Tratar de negarlo sería de idiotas. Pero todos esos méritos deportivos se ven empañados, por no decir anulados, por el antiespañolismo creciente del club y por su vergonzosa utilización del deporte para hacer política.
El Barsa tiene miles y miles seguidores por toda España. Muchos de ellos, me consta, tratan de establecer una línea imaginaria entre el comportamiento deportivo de su equipo dentro del campo y la actuación institucional del club fuera. Pero eso, a menos que te autoengañes, es imposible. Es como decir que papá es muy bueno pero pega a mamá. No señor, si papá pega a mamá, no es muy bueno.
En el fútbol, como en la vida el amor espera reciprocidad, en caso contrario solo genera sufrimiento. Y el Barcelona cada vez con más frecuencia desprecia a buena parte de su afición. Ejemplos hay miles. Los títulos que gana, señera en mano y bandera española ausente, los ofrece exclusivamente a Cataluña. Y al culé de Burgos, Albacete o Logroño... que le vayan dando. Cuando su idolatrado ex entrenador, Pep Guardiola, anunció su marcha del equipo, las decenas de miles de barcelonistas de fuera de Cataluña que esperaban la rueda de prensa, que se emitía en directo, tuvieron que ver como Pep los despreciaba hablando en catalán, solo para los culés de verdad, claro. A los de Zamora, Cádiz o Valladolid... que les vayan dando. Y cómo olvidarnos de las dos finales de la Copa del Rey protagonizadas por el Barça y el Athletic de Bilbao. Los aficionados que llenaban las gradas pitaron de forma casi unánime al himno español y al Rey, sin una sola condena o reproche por parte del club. Y a los culés de Badajoz, Zaragoza o Vigo... que les vayan dando.
La cosa comenzó a torcerse hace años con la llegada de Joan Laporta, reconocido independentista, a la presidencia del club. Sandro Rosell, su sucesor, parecía que aterrizaba en el cargo con otro talante menos político ¡Nada mas lejos de la realidad! El actual presidente azulgrana ha tardado muy poco en salir del armario secesionista y ha dicho cosas tan llamativas, a mi juicio, como que el Barça estará siempre con la mayoría del pueblo catalán, al que se debe el club. Y a sus aficionados de Murcia, Salamanca o Pamplona, ... que les vayan dando.
Sandro Rosell debería decirle a los culés que están jugando con fuego, que proclamar la independencia de Cataluña sería una catástrofe económica y una ruina deportiva para el Barça. Saldría también perdiendo la Liga española, es cierto, pero el Barça se convertiría en un equipo de pueblo que pasaría de jugar contra el Real Madrid, el Sevilla o el Atleti a enfrentarse al Mollerusa o al Badalona.
Tengo que confesar que no es que esté comenzando a cansarme de esta politización que rodea al Barsa, es que estoy hasta el moño desde hace ya tiempo. Y palpo, siento, noto, veo y oigo que es un sentimiento creciente entre muchos aficionados al fútbol. Este fin de semana el club tiene una oportunidad de oro para comenzar a cambiar el rumbo. Se hace necesario un mensaje del presidente contra cualquier expresión política en el Camp Nou. Es imprescindible que los servicios de seguridad del Barça impidan que se coloquen pancartas independentistas y se ondeen esteladas en las gradas. Me temo que no hago más que predicar en el desierto y que la intención del F.C. Barcelona es exactamente la contraria.
Pero hay algo innegable, el Barça es lo que es gracias a la Liga española que le ha permitido crecer institucionalmente y proyectarse hacia Europa y el mundo. Ahora, en el mejor momento deportivo de su historia, se encuentra ante una encrucijada; tiene que decidir si quiere abrirse para lograr ser un club universal o encerrarse en sí mismo y dejarse utilizar como ariete de las aspiraciones secesionistas de algunos. La pelota está en su tejado y no hay mucho tiempo para decidir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario